Identidad, adaptación y sentido: la migración como quiebre y reconfiguración

Publicado por Lucila Bruzzo

Migrar es entrar en un territorio donde la identidad deja de estar sostenida por lo conocido y por las referencias que antes la organizaban. Suele vivirse como promesa de crecimiento y transformación, aunque esas expectativas coexistan, o a veces choquen, con otras mas silenciosas: lealtades, miedos, culpas, y deseos que no siempre apuntant en la misma dirección.

La experiencia migratoria introduce una fisura en la continuidad biográfica. Aquello que antes operaba como telón de fondo (lengua, códigos sociales, reconocimiento social, posición, etc.) deja de ser evidente. En ese vacío, la identidad que se sostenía por ciertos vínculos, encuentros, lugares, actividades ya no puede contar con esos anclajes sino que exige un trabajo de búsqueda de nuevas referencias. La comparación constante con la vida previa suele aparecer como intento de restituir coherencia; sin embargo, también puede fijar la experiencia en una lógica de pérdida permanente. Lo nuevo queda evaluado desde parámetros que pertenecen a otro contexto, y el presente se vive como versión disminuida de un pasado idealizado. O también se puede dar a la inversa: el nuevo contexto se codifica como una versión aumentada de un pasado desdeñable.

Sea una versión o la otra, esta dinámica no solo afecta la percepción de la experiencia migratoria, sino también la posibilidad de vinculación con la realidad experimentada: en el caso de añorar lo que se dejó atrás, si la actitud está orientada hacia lo que ya no es, resulta más difícil investir afectivamente lo que está siendo.

De aquí que puedan surgir conflictos internos ligados a los ideales que impulsaron la partida versus las culpas por lo dejádo atrás: familia, historia compartida, afectos y proyectos que quedaron en el país de origen.

Estas tensiones no siempre alcanzan formulación consciente; se manifiestan como ambivalencia persistente, oscilaciones emocionales o una sensación de estar “fuera de lugar” incluso cuando objetivamente se progresa. Desde una perspectiva clínica, es relevante considerar cómo estos conflictos encuentran vías de expresión somática. El cuerpo, que participa de manera central en la experiencia de pertenencia, acusa el impacto de la desorientación simbólica: trastornos del sueño, alteraciones digestivas, fatiga, síntomas difusos. No se trata de una causalidad lineal, sino de la dificultad de simbolizar transformaciones profundas de la identidad.

Sentido, existencia y reconstrucción del porqué

En este escenario, la pregunta por el sentido adquiere una dimensión particular. Viktor Frankl, a partir de su experiencia en condiciones extremas de deshumanización durante el holocausto, observó que la motivación fundamental del ser humano se encuentra orientada hacia un significado. Retomando a Nietzsche, planteó que "quien tiene un porqué puede soportar casi cualquier cómo". Esta afirmación no romantiza el sufrimiento; subraya que la capacidad de inscribir la experiencia, incluso la adversa, en una dirección significativa modifica radicalmente su vivencia subjetiva. El sentido no elimina la dificultad, pero la integra en una trama que excede el presente inmediato y la vuelve posible de sobrellevar.

Para quien migra, la dimensión del sentido se vuelve especialmente crítica en los primeros tiempos de adaptación, cuando pueden coincidir precariedad material, aislamiento vincular y choque cultural entre otras dificultades. Las referencias que antes organizaban la existencia de una persona (valores compartidos, metas socialmente validadas, pertenencia lingüística) se debilitan o desaparecen. Sin ese entramado, la vida puede vivirse como sucesión de esfuerzos sin horizonte claro, favoreciendo malestares psicoemocionales que van desde la tristeza y la irritabilidad hasta la desorientación vital. En términos existenciales se ve erosionado el marco que otorgaba dirección y sentido a la vida.

La logoterapia de Frankl propone que, aun cuando no podemos modificar ciertas circunstancias, permanece la posibilidad de posicionarnos frente a ellas. El sentido no es una esencia fija ni un objetivo abstracto que se descubre de una vez; es dinámico, cambia con las etapas de la vida y con las situaciones. De este modo, migrar confronta con la tarea de reelaborar el propio porqué. La identidad deja de ser mera continuidad y se convierte en proceso de integración: la persona no es solo quien fue ni únicamente quien está siendo, sino la articulación viva entre ambas dimensiones. El pasado no se abandona, pero tampoco puede seguir operando como único marco de referencia.

La incomodidad que acompaña este proceso puede entenderse como parte de una transformación necesaria. Cuando el sufrimiento aparece desligado de toda significación, se vuelve opaco e insoportable; cuando puede inscribirse en una dirección (un valor, un vínculo, una tarea, una forma de estar en el mundo) cambia su estatuto. No desaparece, pero se vuelve transitable.

En un momento histórico donde muchas referencias externas se han vuelto inestables, la migración intensifica preguntas que, en realidad, conciernen a la condición humana en general. Por eso, más que buscar respuestas cerradas, puede ser fecundo sostener la interrogación:

En esta etapa de tu vida, ¿podés reconocer un porqué que esté dando orientación a tu experiencia de estar vivx?

Referencias Viktor Frankl, El hombre en búsqueda de sentido. Herder.

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