Infancias en contexto migratorio

Publicado por Lucila Bruzzo

Las infancias de familias migrantes se desarrollan en un entramado donde se intersectan lenguas, rituales, normas y formas de habitar el mundo provenientes de contextos distintos. Algunos niños y niñas nacen en el país de acogida y adquieren de manera primaria sus códigos culturales; otros son trasladados a cierta edad y deben incorporar nuevas referencias dejando atrás lo conocido. En los casos de niñas y niños que se han trasladado, la experiencia migratoria implica un proceso de reorganización psicológica, en el que la identidad se va configurando entre "acá" y "allá". Aunque suele afirmarse que los niños son más flexibles para adaptarse, esta flexibilidad no equivale a ausencia de sufrimiento: muchas veces el malestar se expresa a través del cuerpo, en síntomas psicosomáticos, dificultades de sueño, somatizaciones o cambios conductuales que revelan procesos internos difíciles de simbolizar.

Tanto para los adultos como para las infancias, la migración conlleva pérdidas múltiples: de entorno, de vínculos cotidianos, de lengua, de referencias estables y de sensación de previsibilidad. Estas pérdidas poseen un potencial traumático en la medida en que exponen a estados de angustia vinculados al desamparo y al desvalimiento, experiencias psíquicas particularmente intensas en la infancia. A ello se suma la incertidumbre respecto al futuro, la nostalgia, la soledad y la falta de certezas que atraviesan también a los adultos y que, inevitablemente, son percibidas por los niños. Sin embargo, a diferencia de los adultos, las niñeces suelen vivir el proceso migratorio de forma pasiva, siendo arrastradas por decisiones que no han elegido ni comprendido plenamente. Esta condición pasiva puede intensificar la vivencia de pérdida y desorientación, al no contar aún con recursos simbólicos consolidados para elaborar lo que acontece.

En este sentido, se vuelve fundamental la tarea familiar de organizar aquello que no ha podido ser representado, digerido o pensado por los niños. Poner palabras a la historia migratoria, narrar el pasado, explicar los motivos del movimiento y sostener espacios de escucha permite que la experiencia no quede encapsulada como un acontecimiento traumático no metabolizado. Cuando lo vivido no encuentra simbolización, puede fijarse como un núcleo de angustia que interfiere en la integración de la identidad. En cambio, cuando se construye una narrativa que articula pasado y presente, se favorece un proceso de continuidad psíquica que permite al niño integrar su historia sin quedar escindido entre dos mundos.

Las familias migrantes enfrentan el desafío de una constante negociación cultural: La vida cotidiana exige articular tradiciones de la cultura de origen con las costumbres del contexto de acogida, generando una mezcla singular que permita la adaptación sin quedar en los márgenes sociales. En este proceso, sostener hábitos, lenguas y rituales que mantengan viva la cultura de origen resulta especialmente relevante, ya que estos funcionan como anclajes identitarios. Se trata de posibilitar una integración donde la identidad pueda nutrirse de ambas referencias, evitando tanto la pérdida total de lo previo como la desvinculación del entorno actual.

Durante la adolescencia, estas tensiones adquieren una complejidad particular. La adolescencia es un momento de recomposición de las identificaciones, llamando a articular propuestas que ofrecen los adultos significativos de la infancia con nuevos modelos e ideales que orientarán la juventud y la adultez. En el caso de adolescentes migrantes, esta tarea se intensifica: deben deconstruir significaciones previas y recomponer valores en un contexto donde las ofertas culturales de los padres asociadas a la cultura de origen pueden entrar en contradicción con las ofertas del nuevo entorno social. Esto puede generar encrucijadas identitarias, conflictos intergeneracionales o incluso rechazos hacia la cultura de origen si es vivida como obstáculo para la integración.

El contexto histórico y social de las familias migrantes incide en las expectativas de futuro que se transmiten a niños y jóvenes. Ofrecer horizontes previsibles, proyectos de integración social y propuestas que acompañen el tránsito entre infancia y juventud resulta esencial para sostener la construcción de identidad adolescente. En situaciones migratorias, donde las certezas suelen verse debilitadas, la función adulta de brindar sentido, continuidad y orientación adquiere un valor crucial.

Los desafíos asociados a la migración en la infancia y adolescencia son, por tanto, múltiples: duelos por lo perdido, adaptación a nuevas normas, reconstrucción de pertenencias y elaboración simbólica de una experiencia no elegida. El dolor que implica migrar requiere de un trabajo familiar y vincular que permita otorgar sentido al movimiento, tanto en el plano físico como en el simbólico. Construir una historia compartida sobre la migración, que incluya pérdidas, motivaciones, esperanzas y transformaciones, no solo ayuda a procesar el sufrimiento, sino que posibilita que la identidad se integre de manera más sólida, como una identidad que no queda fragmentada entre dos territorios, sino que se reconoce como producto de ambos.

El verdadero desfío se encuentra en aprender a habitar las diferencias sin miedo, comprendiendo que en el encuentro con la alteridad se transforman los vínculos y la propia identidad, la del adolescente y la del adulto que lo acompaña.

Referencias Silvia Bleichmar, La identificación en la adolescencia. Tiempos difíciles. Revista Encrucijadas. Universidad de Buenos Aires, Año 2, nro 15. Enero 2002.

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