Publicado por Lucila Bruzzo
Como psicóloga que acompaña a personas expatriadas y migrantes, me interesa cómo las transformaciones sociales profundas se instalan y dan forma al padecimiento psicoemocional. Tomando las reflexiones de Byung-Chul Han sobre la desaparición de los rituales, propongo leer la experiencia migratoria como un escenario donde la pérdida simbólica de ciertos espacios rituales se vuelve factor de padecimiento psíquico.
La desaparición de los rituales y la intemperie del migrar
En la clínica con personas migrantes aparece con frecuencia una vivencia difícil de nombrar: no se trata solo de nostalgia ni únicamente de duelo, sino de una sensación de intemperie simbólica. Las reflexiones de Byung-Chul Han sobre la desaparición de los rituales permiten pensar este malestar más allá de lo individual. Los rituales, como acciones simbólicas compartidas, sostenían una continuidad que no necesitaba explicación: “generaban comunidad sin comunicación”. Allí donde el sentido no debía producirse a cada instante, podía simplemente habitarse. Cuando esa trama se debilita, la vida psíquica queda más expuesta a la exigencia de sostenerse sola.
Los rituales: anclas de duración y corporalidad
Han nos recuerda que los ritos son acciones simbólicas que ofrecen una sensación de mundo fiable y hacen habitable el tiempo. En el ritual, las cosas “se usan” y se hacen antiguas; hay una corporalidad compartida que sostiene el vínculo comunitario. Hoy, en cambio, asistimos a una erosión de esa fuerza simbólica: el tiempo se convierte en flujo ininterrumpido, el presente se precipita y la experiencia de demorarse, necesaria para procesar eventos de la vida, se diluye. Bajo la lógica de producción-consumo, lo efímero se impone sobre lo duradero y las emociones se consumen como mercancías.
Los rituales entonces, hacían perceptible la duración. En su marco, las cosas no se agotaban en el consumo, sino que se usaban, envejecían con nosotros y adquirían espesor. El tiempo no era una sucesión de presentes que se precipitan, sino un tejido donde algo podía demorarse. Hoy, bajo la presión de producir y rendir, el tiempo se vuelve flujo inconsistente: todo pasa sin sedimentar. No solo consumimos objetos, también consumimos emociones, experiencias e incluso versiones de nosotros mismos. Esta aceleración no es un rasgo “cultural” aislado, sino una forma de organización social que privilegia la eficacia por sobre la permanencia, debilitando las referencias que daban estabilidad a la experiencia.
Migración y contraste cultural: cuando el mundo pierde sus señales
Migrar implica, con frecuencia, dejar atrás esos marcos rituales que anclaban el sentido: fiestas, ritos de paso, modos corporales compartidos, maneras de interrumpir el día. Al llegar a un país donde los rituales son distintos, la persona expatriada puede experimentar una doble pérdida: la ausencia del ritual del origen y la imposibilidad de acceder a rituales que resultan extraños o fragmentarios. El movimiento, además, colabora en la disolución ritual: la movilidad facilita la mezcla, pero también la deslocalización de prácticas y la privatización de lo sagrado.
En la migración, esta transformación se vuelve especialmente visible. Quien migra pierde un entramado de gestos, pausas, celebraciones y formas corporales de estar con otros que sostenían la vida otorgandole cierto sentido a través de los actos rituales. Al llegar a contextos donde los rituales son distintos, escasos o ya erosionados, se produce un desanclaje respecto de la cultura de origen y la de acogida, perdiendo la fuerza simbólica de los sentidos de pertenencia. El movimiento migratorio participa así de la disolución ritual: facilita la circulación, pero también la desvinculación de prácticas que necesitaban estabilidad para transmitir sentido.
Subjetividad neoliberal, culto a la autenticidad y su costo emocional
En nuestra cultura, la identidad se presenta como proyecto: la autenticidad se convierte en imperativo productivo. Quien “se realiza” se explota voluntariamente; la atención se vuelve trabajo, el yo se torna un emprendimiento. Para la persona migrante, esta modalidad agrava el desgaste: la necesidad de mostrarse auténtico en contextos que no reconocen las mismas señales rituales intensifica la vigilancia sobre el yo. La sobreabundancia informativa y la pérdida de espacios públicos ritualizados vacían de sentido las acciones cotidianas, dejando una subjetividad fragmentada, fatigada y sin anclajes temporales donde integrar lo vivido.
La subjetividad propia de nuestra época propone la identidad como proyecto, y la autenticidad como deber. Cada quien debe producirse a sí mismo, optimizarse, mostrarse singular. Este “culto a la autenticidad” desplaza la energía hacia una ocupación constante de sí, mientras el espacio público se fragmenta en extensiones de lo privado. Para la persona migrante, esta exigencia se intensifica: debe narrarse, explicarse, justificarse, adaptarse sin dejar de “ser ella misma”. Así, la promesa de realización encubre una forma de autoexplotación que agota y aísla, al tiempo que debilita los vínculos corporales y rituales que podrían sostener la experiencia.
El resultado no es simplemente estrés, sino un sufrimiento ligado a la pérdida de sentido. Sin rituales que hagan habitable el tiempo, las vivencias no encuentran fácilmente un lugar donde sedimentar. La sobreabundancia de información y estímulos no compensa esta carencia; por el contrario, la intensifica. Todo ocurre, pero poco se inscribe. En esta condición, la vida psíquica queda obligada a producir sentido de manera permanente, tarea imposible que conduce al cansancio, a la sensación de vacío y a la dificultad para integrar lo vivido.
Tal vez por eso, los pocos rituales que aún perduran, una conmemoración, un rito de pasaje a una nueva etapa de la vida, adquieren un valor desproporcionado. No porque resuelvan la complejidad del presente, sino porque recuerdan que no todo debe ser inventado ni optimizado. En ellos asoma otra relación con el tiempo y con los otros: una donde algo puede simplemente sostenerse. En medio de una sociedad que acelera, expone y exige, estos restos rituales señalan que el sufrimiento contemporáneo no es solo individual, sino también la expresión de una pérdida colectiva de formas que antes nos ayudaban a habitar el mundo.
Referencias Byung-Chul Han, La desaparición de los rituales. Herder.